21 nov. 2008

Los nacionalismos y las culturas

En nuestra sociedad mercantilista de hoy en día hay un mercado que no cotiza en bolsa, pero que crece a pasos agigantados; es el mercado de las llamadas “identidades culturales”, manifestación social que se conoce más comúnmente como “nacionalismo”. La primera palabra hace referencia al movimiento social, al hecho de que determinadas personas se reconozcan como parte de un mismo pueblo o sociedad a través tanto de procesos de negación como de afirmación de la autoidentidad cultural. Los nacionalismos son las manifestaciones políticas de considerarse tal o cual cosa en términos de pertenencia a un pueblo o a otro (pueblo que tendrá pretensiones de convertirse en nación soberana de sí misma en caso de no serla, ya que existe también un nacionalismo soberano, el español, en el caso de España).

En cuanto al tema de las identidades culturales considero que son un buen método para combatir en cierto modo el proceso de globalización. Existen muchas culturas (o subculturas, o si se quiere grupos de personas con características culturales singulares)que podrían diluirse (y lo están haciendo de hecho) en este proceso fagocitador de diferencias culturales llamado globalización.Cobrar consciencia de estas diferencias y particularidades culturales y defenderlas, promocionarlas y practicarlas es una forma eficaz para combatir los procesos de aculturación (o deculturación, que es un término más violento pero que se ajusta más a lo que realmente está sucediendo). Esta es una forma mucho más positiva de autoafirmación cultural, en la que sobre todo se valora lo propio por ser único o diferente o por ser simplemente con lo que uno se identifica. “Lo otro” cultural, la cultura que no es propia, se usa como mero espejo donde unx se ve reflejado para reconocer sus propias particularidades, pero nunca para definirse a través de ella. Toda esta descripción podría ajustarse a los inicios de las identidades culturales, cuando la política todavía no hace acto presencial y esta identidad se limita a una autoafirmación y defensa de la propia cultura, no a través de discursos políticos, sino a través de actos, de vivir esa cultura y consiguiendo por tanto que ésta última siga viva.

El nacionalismo comienza cuando esta identidad cultural adopta un sesgo político determinado, que puede autodefinirse como de izquierdas o de derechas, radical o moderado, independentista o no, etc. El nacionalismo puede definirse entonces como una forma de gestionar las identidades culturales. Como tal, suele hacer referencia a conceptos como etnia, raza, historia, cultura, etc. Estos rasgos culturales e históricos son manipulados, seleccionados y reforzados en función de la identidad que se pretenda reforzar. Claro está que esta característica que es común a todos los nacionalismos no será admitida por ninguno de ellos, aunque todos se la adjudiquen al resto. Para ejemplo de esto, basta ver los acontecimientos históricos a los que nacionalistas vascos, gallegos o catalanes dan importancia para definirse frente a lo español, y viceversa; los acontecimientos que “lo español” selecciona de una forma supuestamente objetiva y neutral, para decir que todos los grupos sociales de la península son españoles. Muchas veces el problema se reduce a lo lejos que se quiera ir en la historia. Unxs se dicen herederos de los celtas, otrxs que a partir de los Reyes Católicos, al reino de Galicia y Portugal, hay quien habla de la cultura “iberoeuskérika” y de conflictos entre vascos y romanos. La historia puede decirnos que todos esos hechos pueden ser ciertos, pero son más verdad o menos dependiendo de la importancia que cada uno le otorgue, y es aquí cuando entra tanto la selección como la manipulación de esos hechos históricos. La categoría étnica de un grupo social tiñe a la misma con un tinte de naturalidad, tradición, honorabilidad y ancestralidad con la pretensión de reivindicar un derecho peculiar. O en el caso de los nacionalismos dominantes, para negárselo a otros pueblos. La
religión, la etnia, la raza, la lengua, etc. han sido los caballos de batalla de estos nacionalismos que tanto pueden ser propensos a jerarquizar, dividir y segregar unos grupos de otros como a dominar o congregar a diferentes grupos sociales bajo una misma identidad impuesta. Esta propensión a diferenciarse y hacerse notar es una característica común a todos los sentimientos de identidad cultural, que de forma casi automática hacen que cada pueblo se crea único, privilegiado, “pueblo elegido” en cierto modo, destinado a la prepotencia, sea porque la ejerce o porque quiere aspirar a ella.

No voy a defender a ninguno de los nacionalismos porque no me siento identificado con ninguno, ya que como se ha visto son lo mismo defendiendo identidades diferentes y salvando la situación política (más o menos poderosos) de cada uno. El hecho de que esta manifestación cultural y política se esté convirtiendo en un problema social atiende sin duda alguna a que hay otro nacionalismo que tiene más poder y que por lo tanto somete a esas identidades menos poderosas. Aunque evidentemente el sentirse americano, o sentirse español no es considerado nacionalismo, sino que se denomina con unos términos siempre más positivos como lo son patriotismo (en decadencia últimamente), socialismo, demócrata, etc. Claramente los nacionalismos tienen muchas cosas negativas; segregación social, guerras, problemas sociales, terrorismo, etc. Pero a la vez también es un movimiento que defiende lenguas y otras manifestaciones culturales minoritarias y como tal se oponen al movimiento de globalización e igualación que estamos viviendo.

El problema principalmente hoy en día es que la lucha está demasiado politizada, se olvida de lo propio y se fija más en las diferencias, es un movimiento que se define como negación de algo, y no como afirmación de lo propio. Y como tal pretende separar, segregar y diferenciar más que trabajar por los rasgos o manifestaciones culturales propias que puedan tener. Bajo esta perspectiva se pierde lo más interesante de este movimiento, que es la lucha social ante lo opresor, lo dominante. Y esto es así no porque no se pueda luchar desde la política a favor de la cultura (aunque nunca he podido observar tal cosa) sino porque la lucha pierde su orientación cultural y se convierte en sí misma en una lucha política, en una lucha de poder donde no importa tanto los rasgos propios que en un principio hicieron sentirse identificados como algo diferente, sino que se da más importancia al hecho de lograr ser un estado, una nación reconocida, ser independientes, autosuficientes y otros términos relacionados con la segregación y separación de los grupos humanos.

Este artículo lo escribí hace unos meses y fué publicado en el Fanzine Respuesta Urbana, número 4, que podeis bajaros al completo desde aquí.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Llevaba tiempo buscando un hueco para empaparme de los temas de nacionalismo y estado, y éste es un buen comienzo. Enhorabuena!